IV. Rizos rojos, rizos negros
Rizos negros.
Lo único que recordara jamás de ella
fueron esos largos y azabaches bucles
que antaño arrancaron suspiros
a la luna nueva.
Rizos negros.
Su mirada caía en el pozo,
la luz de su rostro se desvanecía
en pos de aquel mundano rechazo
que altanera ostentaba.
¿Nombre?
Aún ahora me persigue,
como si de una maldición
funesta y desgraciada se tratara.
Aurora la llamaban,
y coleccionaba corazones ajenos
con la frialdad de quien todo lo tiene,
todo lo desprecia,
todo lo aburre.
Sin embargo, cayó.
Alguno de aquellos desalmados
a los que alguna vez dejara sin moral alguna
decidió tal vez mandarla al infierno
de un suave y comedido disparo.
Rizos negros, rizos rojos.
Ya sólo recuerdo
el rojo manchando al azabache,
aquellos insignes rizos negros.
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